Por Amor a la Enseñanza: Se Jubilo "un maestro rural que fue todo: papá, enfermero y psicólogo”




Juan Farfán se jubiló tras ejercer 33 años la docencia en parajes alejados. Lo despidieron en Palomitas. 

El hecho de que Juan Farfán se jubile quizá no sea razón suficiente para que salga en los diarios. Sin embargo, hay cosas que se pueden decir de este hombre pequeño, pero grande, que hacen que esta nota se constituya como un merecido reconocimiento.
El automóvil llegó antes del mediodía al paraje Palomitas, ubicado a 65 kilómetros de Salta capital, sobre la ruta nacional 34. Fue el último viernes de noviembre.
Al menos cinco casas, dos visiblemente deshabitadas, y los pasajeros de más de una docena de vehículos que lo esperaban. La escuela estaba vestida de gala y la comunidad educativa toda aguardaba a Juan.
Bajó del auto y los niños se le abalanzaron en abrazos y besos. Los chicos más grandes esperaron y los hombres y mujeres fueron los últimos. 
Se jubiló el maestro del pueblo, hicieron comida para una semana y El Tribuno fue invitado para esa serie de actividades de agradecimiento al hombre que enseñó a generaciones enteras en ese puesto olvidado, al costado de la ruta 34.
“Yo me jubilé el 1 de octubre de este año. Fui por más de 33 años docente rural, de la modalidad plurigrado, en la Puna salteña y en el monte. Yo hice mi vida en torno de las escuelitas en donde me tocó trabajar. Un maestro rural es todo; es papá, enfermero, psicólogo, mozo, cocinero; de todo. El hecho de ser docente no es para cualquiera; mucho menos en los contexto inhóspitos. Entonces, para ser maestro rural uno debe tener un fuerte sentimiento de servicio al prójimo, porque el mandato social nuestro es muy importante y difícil de llevar a cabo”, dijo el hombre tras saludar a más de 50 personas que llegaron a su escuela para el acto de despedida.
Evidentemente es un hombre que se irá de ahí paulatinamente. El imaginario del hombre trabajador y sacrificado permanecerá en las generaciones que los conocieron. Verdaderos hombres de campo, curtidos por el monte cercano al Ebro, de manos fuertes y ásperas, lo saludan como si aún fueran niños. 
“Ese venía de Cruz Quemada, ese otro es de Juramento, aquel es de Estanque, de Trampa”, marcaba con el dedo a su exalumnos que se acercaron desde parajes y puestos cercanos a despedir a su maestro.
Sucede también que el hombre tenía experiencia desde niño. Si bien nació en San Antonio de los Cobres, hizo la primaria en mina Tincalayu. 
El hombre se sienta en uno de los pupitres de la escuela de campo, pone un brazo en donde van los cuadernos y se entrega al juego de recordar que le propone El Tribuno. Se entrega por un momento y mira la entrada de la escuela y dice: “Esos viejitos que están entrando ahí son mis papás, Pedro Farfán y Demetria Martínez. Ellos me hicieron así como soy yo. Es un matrimonio viejo, mi papá fue minero y mi mamá cocinaba como nadie. Ellos me inculcaron el estudio y servicio a la sociedad como impronta”, dijo el hombre en tono de hijo.
Cuando terminó la primaria en las alturas de la Puna bajó luego al secundario de Campo Quijano. Allí estuvo hasta los 18 años, cuando terminó la escuela media y fue sorteado para la colimba. 
“Me tocó Tierra del Fuego”, recordó riendo y con una mano en la cabeza. “Me acuerdo que nos dieron unos cuantos días extraordinarios para visitar a la familia; un poco más de una semana. Nos llevaron en avión hasta Buenos Aires, luego me fui a Retiro y tomé el tren hasta Tucumán, luego el colectivo hasta Salta. En la ciudad hice los contactos con los camiones de la mina y recién pude llegar. Ni sé cuántos días demoré. Yo solo quería comer las empanadas fritas de mi mamá. Estuve dos días y tuve que volver”, relató.
Cuando volvió definitivamente al norte se instaló en Salta. Ya tenía decidida su profesión y se metió de cabeza al entonces conocido magisterio de la Escuela Normal General Manuel Belgrano. Como la historia de los hombres es un espiral, el primer trabajo que consiguió fue una designación en Santa Rosa de los Pastos Grandes, cerca de donde se había criado.
Allí estuvo 6 años, los suficientes como para comenzar a trazar esa vida que dijo en las escuelitas chiquitas, perdidas en las inmensidades de los paisajes. Allí conoció a Susana, una tucumana que ya llevaba un año en la montaña. Cuando se vieron, se amaron.
Estuvieron de novios hasta que las reestructuraciones mineras dijeron que no tendrían que estar más las familias en las minas y por lo tanto se llevaron hasta las escuelas a los pueblos. 
Ellos no lo pensaron y se casaron, todo a contramano. Sin escuela, sin trabajo y sin destino, buscaron siempre una escuela rural. La consiguieron, pues nadie quería ir a Palomitas.
“Nuestra luna de miel fue Palomitas”, dijo, y aseguró que siempre lo será. Con la tucumana tuvieron dos hijos. “Tengo dos palomiteños famosos”, agrega y ríe. “Toda mi vida fue el ámbito de la escuela rural, mis changos jugaban con los chicos de acá, mi matrimonio fue en la escuela, todo lo bueno y lo malo de la vida ocurrió en las aulas, los patios, el recreo, las huertas, y el salón de actos”, piensa.
De pronto irrumpen los chicos del Instituto de Formación Docente, que vinieron desde General Güemes al acto. Son 5 chicos que estudian para maestros, que hicieron sus prácticas docentes pedagógicas en esa escuela y se maravillaron con Juan. Que no pueden quedarse porque tienen final, que le dan una placa, que lo abrazan y que le piden un consejo porque están a punto de recibirse.
“Que acá no sobra nada. Acá falta todo; hasta docentes. Ahora no hay maestros rurales de zona inhóspita porque todo es plata. Antes la gente te ayudaba, ahora a todos les falta plata y lo que se haga cuesta. Si hay que llevar la comida se paga el burro, la camioneta, la leña; todo. Tampoco se paga lo que se debería por este trabajo, que es extremadamente sacrificado y de 24 horas. Acá no hay horarios para la necesidad. Pero tiene sus cosas buenas, porque el trabajo con los niños en plurigrado es lo más lindo. La inocencia y el respeto de estos niños dan ganas de llorar, porque recuerdo cada una de sus caritas, que eran de niños, y no cambian ahora que son hombres y mujeres”, les dijo en un abrazo imaginario que les dio a los 5.

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